¿Amar tiene que doler?

 A menudo hemos oído la idea de que amar duele, pero como si fuera una especie de condena, como si el dolor fuera el precio que hay que pagar por tener la experiencia de amar. Sobre todo solemos escuchar esta idea aplicada al amor de pareja y al amor que se tiene por los hijos. Tanto en uno como en el otro, el sufrimiento acumulado puede llegar a ser importante. Todos conocemos casos e incluso podemos haberlos vivido en carne propia.

 Pero lo cierto es que el amor no puede ser una condena y una promesa inevitable de un sufrimiento extremo. Amar puede doler, pero no debería destrozar a las personas y en ocasiones parece que lo hace... o al menos lo hace algo que creemos que es amor.

 Y quizá convendría que empezásemos por tratar de definir qué es eso del amor. Hay múltiples definiciones e ingenuamente me he ido al Diccionario de la Real Academia Española. En la definición de amor, la primera acepción me deja un poco frío:

Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo

de su propia insuficiencia, necesita y busca el

encuentro y unión con otro ser.

 Mal vamos. Esta definición, que parece aludir al amor de pareja,  se refiere a una creencia muy arraigada en nuestra cultura, que amamos para completarnos. Las raíces de esta idea la encontramos en un antiguo mito recogido en uno de los diálogos de Platón: “El banquete”. Según este mito, los seres humanos eran antaño de forma esférica y tenían dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas. Zeus que tenía miedo de ellos por su poder, los dividió en dos mitades y desde entonces cada mitad ansía encontrarse con su otra mitad para completarse. Muy poético, pero completamente absurdo.

 ¿Acaso dos personas que se unen para completarse no son sino dependientes la una de la otra? ¿Qué hemos de ser, mitades mutiladas que necesitan unirse a otra mitad igualmente mutilada, o seres que buscan ser completos en sí mismos y que libremente eligen compartir lo que son y lo que tienen con otro que también busca ser completo en sí mismo? A mí la idea de la media naranja me pone un poco los pelos de punta.

 La segunda definición que nos da el diccionario sobre el amor atina un poco más, desde mi punto de vista::

“Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando

reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía

para convivir, comunicarnos y crear”.

 Aunque también mete el dichoso “nos completa”, lo compensa con ideas mucho más razonables: una atracción con un deseo de unión recíproco, que nos da alegría y energía para convivir, comunicarnos y crear. O sea, que volviendo al  amor de pareja, si elijo estar con alguien es porque me aporta. Porque yo no necesito estar con esa persona ni con nadie, pero estando con ella sumo y eso está bien, pero en la práctica, demasiadas veces no es así.

 En mis años de trabajo he visto parejas que no sumaban precisamente, marcadas por los resentimientos, la utilización, los secretos, el abuso, los celos... Parejas cuya continuidad resultaba absurda desde cualquier punto de vista medianamente lúcido pero en la que al menos uno de sus miembros, ante la pregunta de por qué seguían juntos, pese a todo lo sufrido, respondían con las palabras mágicas: “porque le quiero”. Quizá es que decir “le amo” pondría la contradicción demasiado en evidencia. Hay muchas parejas en las que el amor brilla por su ausencia. Puede haber apego, costumbre, miedo a la soledad, posesión, control... lo que sea menos amor.

 En todo este tiempo solo he conseguido identificar un factor que indique la presencia del auténtico amor, y es el cuidado. Quien no cuida no sabe amar y quien no ama es incapaz de cuidar de nadie. Pero ojo, que aquí también se encierra una trampa. Si cuidas del otro, pero no cuidas de ti, te consumirás y he conocido a personas consumidas por olvidarse de sí mismas y cuidar de otras que no hacían sino sacar provecho, sin corresponder en absoluto.  Por ello, si no hay cuidado recíproco, no hay amor y si lo llamamos amor lo hacemos mal, porque es otra cosa y seguro que no es buena.

 ¿Pero y los hijos? De los hijos se cuida y se les ama sin recibir nada a cambio ¿No? Pues no. De los hijos cabe esperar cuando menos respeto y consideración. ¡Cuántos hijos sangran la vida y los recursos y les faltan al respeto sin pudor alguno!

 El amor sólo tiene que doler cuando aquellos a los que amamos sufren. Pero cuando aquellos a los que amamos nos hacen sufrir, puede que haya llegado la hora de mirar la situación de un modo diferente y pensar en alejarme, pero va a ser muy difícil hacerlo sin ayuda.